Frecuentemente me encuentro reflexionando sobre lo inseparable que parece mi profesión, de mi vida personal.
"Mamá, hablas como psicoterapeuta", me dice en ocasiones una de mis hijas. Ellas no me conocieron antes de ser psicoterapeuta, pero yo ya hablaba así desde antes de formarme como tal. Pero el cuestionamiento es interesante, ¿soy psicoterapeuta por mi forma de ser, o soy como soy por ser psicoterapeuta?, ¿soy psicoterapeuta en mi vida personal?
Para Irvin Yalom (2007), conocido psicoterapeuta existencial, los psicoterapeutas somos, antes que nada, personas. Tanto terapeuta como consultante compartimos el hecho de EXISTIR y de enfrentar todos los problemas inherentes a la existencia. Él habla de 4 cuestiones básicas que se abordan en psicoterapia: la muerte, el sentido de vida, la libertad y el aislamiento.
Esto me lleva a dos puntos:
- Ser psicoterapeuta no me exime de vivir conflictos en alguno de estos aspectos. Por lo tanto, lo siento, pero ser psicoterapeuta no me hace perfecta, ni implica que mi vida tenga que estar completamente en orden.
- Si elegimos esta profesión en la que continuamente estamos reflexionando en torno a estos temas, es porque nos llaman la atención; tenemos una tendencia natural a interesarnos por ellos. Es decir, algo en nuestra forma de ser nos hace propensos a preocuparnos por temas propios de la existencia (o sea, mi forma de ser ya era "intensa" desde antes).
Seguramente todos hemos escuchado que "el terapeuta es su propio instrumento" (Giordani, B., 1998). Es por ello que como terapeutas se nos enseña a desarrollar ciertas habilidades y actitudes que nos permitan ayudar a nuestros consultantes. Pero esas herramientas no son desechables o algo que sólo se utiliza en consulta (recordemos: nuestro instrumento somos nosotros mismos). El desarrollo de dichas habilidades y actitudes se lleva a cabo en la PERSONA del terapeuta. Es lógico, entonces, que formarse como psicoterapeuta provoque cambios en la VIDA del profesional. (Hirsch, P., 2012)
Muchos de nosotros tenemos esas habilidades y actitudes de manera innata y por eso nos atrae la profesión, pero otros debemos desarrollarlas por amor a esta profesión.
En ocasiones, al conocer a alguien en algún evento social, en cuanto saben a qué me dedico, las personas me preguntan, "¿me vas a analizar?" o, "¿me ves muy loco?". He pasado por distintas reacciones, me ha dado risa, me ha dado coraje... Pero ahora entiendo perfectamente esta pregunta. ¡Claro, SOY psicoterapeuta!
Y dependiendo del estereotipo que alberga la persona a la que conozco, será su reacción. Algunos de ellos se muestran un tanto temerosos, pues existe el estereotipo de que el terapeuta "lee la mente". (¡Ojalá fuera así!) Pero confieso que sí me da algo de tristeza porque, a veces, esto puede ser una barrera en la relación, pues la persona puede "echar a andar" sus defensas y protegerse de ese -supuesto- poder cuasi mágico que nos atribuyen.
Para otros, el saber que están con un psicoterapeuta los remite al estereotipo del terapeuta como "el que sabe qué hacer". (¡Es una pena que tampoco esto pueda ser cierto!) La realidad es que nos acompañamos, pero como mencionaba antes, compartimos los mismos temas por el hecho de existir. Cuando nuestro interlocutor nos ve como "el que sabe", suele intentar convertir el convivio social en una sesión de terapia, contarnos sus más profundos secretos y obtener algún consejo sobre qué debe hacer. (Cuando además, ¡tampoco damos consejos!)
Me gusta reflexionar sobre todo esto. Hace varios años, cuando me formé, me enseñaron la importancia de no "terapear" en nuestra vida personal. Y sí, en terapia no podemos dar consejos ni opinar, ¡mientras que en nuestra vida personal podemos darnos vuelo con esto! Pero soy tan humana como lo soy en mi consultorio, y he desarrollado ciertas habilidades, como profesional, que me ayudan en mi vida personal.
Me he descubierto ignorando mi intuición, mi capacidad para percibir a las personas, por miedo a "ser psicoterapeuta en mi vida". Hoy simplemente acepto que no sé si fue primero "el huevo o la gallina", pero SOY psicoterapeuta: mi profesión y mi vida se entrelazan y se fortalecen una a la otra. ¡Y me encanta que sea así!
Bermejo, J. (1998). Apuntes de relación de ayuda. España:
Sal Terrae. Cuadernos del centro de humanización de la salud.
Bermejo, J., Carabias, R.
(1998). Relación de ayuda y enfermería.
España: Sal Terrae. Cuadernos del centro de humanización de la salud.
Giordani, B. (1998). La relación de ayuda: de Rogers a Carkhuff.
España: Desclée de Brouwer.
Guy, J.. (1987). La vida personal del psicoterapeuta. El
impacto de la práctica clínica en las emociones y vivencias del terapeuta.
España: Paidós.
Hirsch, P. (2012). Arte y oficio del psicoterapeuta:
estrategias para su autodesarrollo y cuidado. Argentina: Psicolibro
ediciones.
Minuchin, S., Nichols, M.
& Lee, W. (2011). Evaluación de
familias y parejas. Del síntoma al sistema. México: Paidós.
Sánchez, E. (2001). La relación de ayuda en el duelo.
España: Sal Terrae. Cuadernos del centro de humanización de la salud.
Yalom, I. (2007). El don de la terapia. Carta abierta a una nueva generación de
terapeutas y a sus pacientes. Buenos Aires: Emecé editores.